Feminismo andaluz

“Reivindico un feminismo que no esté tanto dentro de determinadas categorías, ni que necesariamente tenga que reconocer escuelas teóricas”

12 de enero de 2021.

Por Yaiza Majarín

Madrid | Cultura | Escritoras | Feminismo | Libros



Entrevista a Mar Gallego sobre feminismo andaluz, el lenguaje hegemónico y los estigmas y estereotipos sobre las personas andaluzas


Madrid, 11 ene. 21. AmecoPress.- Mar Gallego es periodista y escritora, aunque prefiere definirse como contaora. Especializada en Género, identidad y ciudadanía, escribe en la revista Pikara Magazine. Siempre se ha interesado por las personas e historias que tiene cerca. Se presenta como “la hija de Antonia y Manié y la mare desde 2016 del proyecto de feminismo andaluz ’Como vaya yo y lo encuentre’".

Su libro, con el mismo nombre que el proyecto, ahonda en un feminismo cotidiano dando voz a las mujeres andaluzas históricamente olvidadas y silenciadas. Ha puesto sobre la mesa, junto con sus compañeras, el feminismo andaluz, donde se cuestionan y reivindican el poder de las mujeres andaluzas.

¿Y tú de quién eres? o ¿quién eres tú?

Lo que no soy es un ente individualista. Creo que todas las personas ya tienen una historia antes del propio nacimiento y que es importante reivindicar esa historia personal que nos rodea y que es una búsqueda propia. Es una identidad totalmente diferente a la que te vende el sistema capitalista, que te dice que tú naces sin raíces y te da un poco el camino que tienes que perseguir, en el que vas a tener que comprar esa identidad o incluso ganártela en la vida.

La identidad es algo que busco en las historias colectivas que tengan que ver con mi historia personal, con la gente que me rodea, pero también con las historias de la tierra. Creo que reivindicar la tierra donde una nace y entender que también hay una conversación con esa tierra, una conversación que nos marca, es algo que me interesa.

Entonces te diría eso, que soy una persona que reivindica la colectividad y la identidad colectiva y que reivindica esa conversación con el cuerpo y con la tierra.

Tengo que decir que había leído poco sobre feminismo andaluz y una vez terminado tu libro y varios artículos, observo que tiene bastante coincidencias o es feminismo poscolonial. ¿Lo entiendes así?

Empecé a hablar sobre el feminismo andaluz en 2016. Lo reivindico como algo propio en un artículo de Pikara y en el proyecto para poner esta problemática sobre la mesa. Luego hay mucha gente que empieza a hablar de Andalucía desde posicionamientos decoloniales que yo no comparto tanto, porque creo que es muy importante reivindicar las diferencias de los privilegios que nosotras tenemos como mujeres europeas.

Creo que cualquier discurso que cuestione lo hegemónico va a cuestionar saberes distintos, pero eso no quiere decir que esté dentro. Tendemos a encasillarlo todo en categorías concretas y por mi parte, reivindico más un feminismo que no esté tanto dentro de determinadas categorías, ni que necesariamente tenga que reconocer escuelas teóricas. Lo que a mí me influye son los saberes directos de las mujeres que me han rodeado y esas mujeres no han leído teorías decoloniales. Si tuviera que situarlo en algún tipo de feminismo, te diría que me siento más conectada con el feminismo comunitario.

¿Cómo explicarías el feminismo andaluz?

El feminismo andaluz simplemente es poner sobre la mesa una marca que creo que nos ha afectado a muchas mujeres dentro del Estado español, que son las mujeres andaluzas. Y usar esa marca que históricamente se ha usado para denigrar al pueblo andaluz, a las mujeres andaluzas, ya no solo por ser mujeres, sino también por el nivel de analfabetismo que había, porque tenemos una historia de servilismo muy concreta, de migraciones internas y eso da lugar a una identidad compleja y a una historia que nunca se ha contado y que era necesario contarla. Creo que era visibilizar esa marca y darle la vuelta. Contar la historia desde nuestro punto de vista.

"Reivindicar esa cultura diferencial para construir ese mundo comunitario o ese mundo colectivo que rompa un poco con el individualismo del éxito único y todos estos discursos que nos rodean"

¿Cómo se consigue no caer en la revictimización de la mujer andaluza y el pueblo andaluz?

Yo creo que no hay revictimización. Tanto en el proyecto como en el libro, necesitaba contar una historia que era dura, eso no se puede disfrazar. Hay mucha gente que necesita esto, pero es que hay mucho dolor en la identidad de mujeres andaluzas en nuestra generación y sobre todo en las anteriores. Por ejemplo, en alguna presentación del libro me ha venido una mujer mayor, de 70 años con el libro en la mano y me ha dicho “gracias porque no te puedes imaginar el dolor que hay en nosotras”. Les habían dicho que eran lo peor de lo peor, de no saber y algunas incluso me decían, “nosotras veíamos a esas mujeres -que eran de su misma generación- de otras latitudes, como mujeres hechas a sí mismas y que nosotras no podíamos aportar eso”.

Me interesa contar esa historia, pero no caer en la revictimización. En la identidad andaluza hay mucha alegría, mucha guasa, mucho doble sentido y me interesa más lo que molesta. Decir, pues mira tú dices que soy una floja, pues voy a revindicar los tiempos de descanso. Voy revindicar todo aquello que se nos pone de estigma porque creo que es super interesante. No me interesa defenderme de, me interesa decir soy esto, pero lo voy a contar desde mí, no como tú lo has contado.

El proyecto está repleto de humor, de guasa y lo que reivindica es que estas mujeres han sobrevivido muchísimo, en los territorios donde se han identificado históricamente desde el fracaso, son una hemeroteca de resistencia. Las reivindica como maestras de la resiliencia.

"Es una reivindicación de la maestría, pero sin olvidar que hay dolor"

Me parece muy importante, lo del lenguaje hegemónico. En tu libro, varias veces hablas de las personas trans. Actualmente hay un debate alrededor de la ley que quiere aprobar el Gobierno. Y creo que es un claro reflejo de algo que comentabas, que ahora mismo tiene mayor importancia el saber hablar, los tecnicismos y teorías que las propias vivencias ¿no? ¿crees que puede ser un ejemplo de esas luchas del lenguaje teórico que aparta a otras mujeres?

Sí, de hecho, ayer hablaba con una compañera precisamente de esto, creo que recuperar el cuerpo implica recuperar la sabiduría corporal y la experiencia, frente a lo que nos han dicho que era la teoría.

Pero, hegemónicamente yo creo, que la teoría sigue teniendo ese tinte platónico, que te dice que para llegar a saber tienes que desprenderte de los sentidos y del cuerpo y así alcanzar la objetividad. Creo que el feminismo, si quiere revindicar los saberes alternativos tiene que empezar a cambiar eso. Y al final lo que estamos haciendo, es que estamos construyendo un feminismo teórico, o sea, estamos haciendo del feminismo y de las vivencias que nos rodean a todas, porque esto es un sistema y es estructural, una asignatura y algo que está fuera de nosotras, y que además, genera mucha culpa, porque nos vuelve a poner en esa maquinaria de deformación en la que ya nos ponía el machismo, que era que para que nosotras tuviéramos que contar nuestra historia teníamos que considerar que podíamos contar esa historia. Entonces, me parece contradictorio.

Y sí que estoy de acuerdo en que creo que lo más inclusivo es que hablemos desde la experiencia, porque todo el mundo es sabedora de su vida y poner ese conocimiento como decía Haraway, “situado”. Empezar a entender que, como dice una frase de los feminismos decoloniales, "la universalidad ha sido históricamente excluyente". Entonces, creo que hay que empezar a entender que lo particular y las experiencias particulares pueden ser liberadoras para muchas personas, no únicamente para la que lo está viviendo.

La polémica sobre la imitación a la ministra de Hacienda, María Jesús Montero, de Carlos Latre, igual que los comentarios a Roberto Leal en el Hormiguero en torno a corregir su acento para el nuevo programa que iba a presentar. ¿Estos sucesos son una muestra de los estereotipos y la presión social sobre el acento andaluz?

Sobre la imitación no puedo comentar porque no lo he visto, pero es una constante sobre todo en el ámbito político. Creo que en el ámbito político se cuela mucho esto de “¿Quién está preparada para gobernar?, ¿quién tiene esa formación para?”. Y siempre se confunde el acento andaluz con incultura, con lo que es inculto. De hecho, siempre digo que a nosotras se nos ha hecho muy difícil identificarnos con la cultura porque históricamente siempre se nos había dicho que nuestra cultura era sinónimo de incultura.

Es una constante y los medios de comunicación y las personas que nos dedicamos a ello lo sufrimos muchos más, ya que el lenguaje es nuestra herramienta de trabajo. Entonces, creo que hay mucha gente que lo está intentado, que hay una recuperación y reivindicación, y eso es lo que me parece importante, que lleguemos a un momento en el que nosotras digamos, no hablamos mal, esta es mi cultura, respétala. Pero también siento que dentro del ámbito de la comunicación todavía estamos muy lejos de ver, como te he dicho, a gente ceceando.

¿Cómo te diste cuenta de la andaluzofobia interiorizada?

Me di cuenta porque soy una persona que siempre se está preguntado y analizando, y siempre he tenido un complejo de inferioridad muy grande, siempre me he sentido muy pequeña, ahora ya no. Este proceso no ha sido en vano, ha sido sanador hablar de todas estas cosas. Yo siempre digo que el proyecto ha sido un proceso de autosanación total.

Cuando empecé a estudiar los feminismos, identifiqué mucho que la identidad mujer me atravesaba totalmente y que ese sentimiento de sentirme de menos, tenía un eje ahí, en la cuestión de género. Y luego la historia de pobreza por parte de mi familia, sobre todo por parte de mi madre, una historia de pobreza muy aguda y de muchísima violencia, sabía que eso lo arrastraba. Mi madre era una persona de mirada gacha y ella siempre decía que se había sentido muy pequeña delante de los demás y era porque era pobre. Entonces, yo esto lo tenía como muy asimilado, había muchas cosas que venían de ahí, pero me faltaba algo por dentro. Me hice la pregunta en 2012 y hasta 2016 no me estalla la cosa. Y es simplemente que me doy cuenta de que la cultura andaluza es otra cosa. Mi respuesta es que éramos otra cosa. Y esa frase fue la que me caló.

"Yo estaba intentado encajar en una historia que no era la mía"

Me ha pasado algo curioso leyendo tu libro. Y es que, mi abuela es de un pueblo de Castilla Y León y hay cosas que me recuerdan a las mujeres que describes. Me ha hecho pensar en el feminismo de mi abuela y siendo sincera, creo que yo también me he dejado llevar por los tecnicismos. Estoy empezando a ver el feminismo cotidiano, el sensible y el empático. Creo que incluso es más educativo. ¿Por qué crees que no nos enseñan a valorar ese feminismo cotidiano?

Pues porque somos clasistas, racistas, hegemónicas. Es el sistema donde nos han criado, por eso digo, que esto es un procedimiento y es mejor hacerlo poco a poco y sin culpa alguna, porque a nosotras nos han enseñado desde ahí en la escuela. O sea, la escuela te enseña lo que tienes que estudiar y lo que no. Los libros de historia te dicen quienes son importantes y quienes no. Entonces es lo lógico en función al sistema en el que vivimos, que no se vea. Hay una frase que me gusta mucho de Remedios Zafra, ella dice que “hay una invisibilización por incondicionalidad de estas mujeres”, es decir, las personas que están ahí de manera incondicional nunca las vemos, porque al final se han convertido un poco en el suelo que pisamos, las paredes que nos sustentan y en la tierra que vivimos. Hay una semejanza entre lo poco que vemos la tierra y lo poco que vemos a las mujeres, de ahí que también estén tan inseparables.

El título del libro, “Como vaya yo y lo encuentre” viene de ahí, pedíamos que buscarán esa prenda de ropa, de alguna forma la estábamos igualando a un objeto. Tú si puedes ver esto. Entonces, yo creo que ha sido un poco, por eso, por la hegemonía, porque nos han dicho que no eran importantes e incluso porque a nosotras se nos ha enseñado a superarlas a ellas. Por lo que nunca va a ser un referente algo que se queda detrás, un referente siempre es algo hacía lo que tú caminas, entonces a ellas las hemos visto como lo que teníamos que superar.

En uno de tus artículos, dices que hay una tendencia a pensar que todo lo que ocurre en Andalucía se hace sin esfuerzo, modo, cultura, el cantar, baile. Por lo que también se podría ampliar a la lucha de las mujeres andaluzas, se olvida lo que hicieron y hacen, porque se trata como de algo obvio ¿Por qué crees que se invisibiliza tanto a la mujer andaluza?

Yo creo que no es casual que, por ejemplo en mi caso, mi cuerpo me lleva a hablar de la tierra curiosamente cuando estoy en el mundo del feminismo. Porque creo que las claves que a mí me da el feminismo para entender el cuerpo de las mujeres, son las mismas claves que me llevan a entender mi tierra. Ocaña hablaba de matria, decía que Andalucía era matria, y yo estoy completamente de acuerdo. Creo que para entender Andalucía hay que acercarse desde el concepto de matria y no desde la patria. Históricamente ha sido una tierra cuyos saberes se han relegado al esencialismo total, que no se han valorado y ahí coincide con lo que históricamente se ha hecho con las mujeres.

Entonces, sí, a mí me parece que hay una conexión total y por eso todos los procesos que aprendo de los feminismos me llevan a entender Andalucía. Y en el caso de Andalucía, al ser matria tiene que ver con el desprecio histórico que han sufrido las mujeres. Es muy parecido.

¿Qué te ha enseñado el feminismo y qué obstáculos has encontrado dentro de él?

A mí el feminismo me lo ha enseñado casi todo. Siempre reconozco a los feminismos como mi gran escuela de pensamiento y de acción. Creo que es mucho más amplio y más incluyente un feminismo que se haga muchas preguntas y que camine con respuestas que sabemos que van a ser temporales, porque eso es lo que implica estar en una mirada feminista, que rompe con ese dogma y esa historia única que se ha impuesto.

Me parece una escuela de pensamiento brutal, que te cuestiona la mirada hasta puntos insospechados. Es un conglomerado filosófico y en el caso de aquellas que lo hemos estudio, está la obligación de bajarlo a la tierra.

Es una herramienta brutal para la vida, de cuestionarme mi mirada y de sentirme, además, como entusiasmada siempre por aprender algo más, porque que me cuesta entender que haya personas que se sientan amenazadas cuando hay un saber nuevo, cuando para mí, siento que me enriquece tanto el saber las posturas y la forma de estar en el mundo de otras personas.

¿Cuál es la cultura dominante? Y ¿Crees que hay un feminismo dominante?

Creo que hay muchas culturas dominantes y por eso hay que situar los discursos de discriminación. Porque siempre digo que para mí el feminismo andaluz tiene un sentido dentro del Estado Español, pero a mí me costaría mucho que esto fuera algo que se pudiera universalizar. Además, muchas personas estamos abogando para que nada sea universal, sino que sea concreto. Lo más justo es ver todo de una manera particular. En cada lugar y en cada sitio, la cultura dominante es diferente pero que sí hay culturas dominantes.

Y creo que sí hay un feminismo hegemónico. Y ese feminismo hegemónico es el de mujeres blancas, burguesas, de diferentes latitudes, pero sobre todo, de espacios que se consideran cultura occidental. Es un feminismo que ha centrado mucho su idea de progreso, en un progreso que se ha cuestionado muy poco, porque al final es un feminismo que quiere juntar a todas en esta maquinaria que es insostenible.

Dices, nombrar lo que vemos, nombrar lo que el feminismo no nombra ¿Qué es lo que el feminismo no nombra?

Ahora mismo no sé dónde he dicho eso, pero creo que puede ir por el tema de las sombras. A veces hay esa sensación de que hay un discurso políticamente correcto dentro de los activismos o de los feminismos, en el que hay cosas que decimos y cosas que callamos. Por ejemplo, cuando hacemos una asamblea, resulta que hay unos puntos del día, pero luego fuera de esa asamblea estamos hablando de que estamos viviendo un proceso de violencia y eso es lo que a mí me parece interesante de rescatar dentro de los feminismos.

Entonces eso de lo que no se habla, que solo lo hablamos en espacios privados o con una persona porque nos da vergüenza. A mí eso es lo que me parece interesante de esos feminismos porque al final estamos cayendo en esto de la coherencia, hay discursos que son coherentes y otros que no. Y resulta que los que no lo son, son aquellos que sufrimos, que tiene que ver con la vida y no tiene nada de coherencia. La vida no es coherente, la vida tiene sus ritmos, unas veces estamos más arriba, otras más abajo.

Y otro, es el tema de los silencios. Saber leer esos lenguajes que no han sido hegemónicos. Al final nosotras también estamos generando conocimiento desde la escritura y el habla, que también es una imposición social, es decir, que yo solo pueda sentirme legitima de persona si accedo al discurso es muy excluyente. Es incluso capacitista. Creo que para hacer un feminismo inclusivo tenemos que convertirnos en maestras de saber leer todas esas cosas que no se nombran, aquellas que tienen que ver con el cuerpo, los malestares, con las enfermedades incluso que desarrollamos.

Recuerdo hace un año aproximadamente, que las trabajadoras del hogar hicieron una reivindicación y su lema era “politizar las ollas, las calles y los delantales”. Algo parecido reivindicas en tu libro y en varios artículos y ¿Cómo se puede politizar la alegría?

A ver la alegría entendida, como decía Saramago, “no como la obligación de estar alegre”, que eso también es muy sistémico. Y también politizar el drama. Quiero decir, que estamos ahí, super cuadradas de cómo tenemos que ser y es una presión increíble.

Pero para mí politizarla implicaría cuestionar todas esas inercias de los activismos que históricamente también se han considerado que tenían que ser de una única manera. O sea, nosotras estamos arrastrando un montón de inercias que tienen que ver con activismos, también con miradas concretas de como una tiene que hacer activismos que al final es androcéntrica, heteropatriarcal. Es ese activismo desde la seriedad, puño en alto, etc.

También reivindicar otras formas de caminar hacía ese mundo que queremos porque al final nosotras ya estamos jodidas, o sea, a nosotras ya nos jode el machismo. Entonces, si queremos que el feminismo sea diferente tenemos que cuestionarnos esas formas de caminar. Una de esas formas de caminar alegre puede ser rompiendo con la revictimización, que nosotras tengamos esta losa encima, no quiere decir que yo no me pueda reír. Y luego cuando reivindicas eso, te das cuenta de que es super importante porque hay otros feminismos, que, si tú te manifiestas de forma alegre, le da mucha rabia y te están diciendo no, ¡no por qué! Te están imponiendo un modelo de víctima. Y para mí la lucha, es algo alegre.

Últimamente está pasando, con las manifestaciones, que unas salen con tambores o te hacen un baile y como que hay una rama que si lo crítica, que te fija un poco la postura que tienes que tener en la manifestación…

Exacto, es eso. Y la otra parte es que está basado en un concepto donde se ha manoseado mucho el concepto de la víctima, que es algo muy institucional. Se ha hecho un estereotipo de víctima, donde si eres víctima de una violencia estructural, resulta que no puedes bailar. Pero ese resultado que es super peligroso, porque luego se traduce en leyes y en un discurso donde si yo denuncio una violación, me cuestionan si al día siguiente estaba en una discoteca.

Entonces, es peligroso el relacionar seriedad con lucha y con activismo, porque primero nos están quitando la alegría y en segundo lugar, porque oye cada una lucha como puede, lucha desde su posicionamiento y además la alegría es la mayor gasolina que una puede tener para seguir adelante

Foto: archivo AmecoPress. 1) Mar Gallego en la presentación del libro. Foto de Anuka. 2) Portada del libro.
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Cultura – Libros – Feminismo – Escritoras. 11 ene. 21. AmecoPress



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