Violencia contra las mujeres y niñas refugiadas: la pandemia interminable
Madrid, 26 nov. 20. AmecoPress.- La violencia contra las mujeres y niñas refugiadas es una pandemia invisible que parece no tener fin. Muchas de ellas, al intentar llegar a otro lugar tienen más probabilidades de sufrir violaciones de sus derechos humanos por el hecho de ser mujer, desde la violencia a manos de sus parejas o exparejas, hasta la trata, violencia sexual, matrimonio forzoso o la mutilación genital. Todos estos delitos se han agravados por la pandemia producida por la COVID-19.
Algunos de los riesgos que están sufriendo por la pandemia es el incremento de la violencia del hogar al no poder salir del mismo, así como mayor riesgo de caer en una red de trata de personas. Además, padecen una mayor precariedad en el empleo ante la imposibilidad de teletrabajar y, por tanto, un mayor riesgo de quedarse desempleadas.
Durante los meses de confinamiento, la violencia contra la mujer aumentó mundialmente un 20% de media, según el Fondo de Población de las Naciones Unidas (UNFPA).
La Organización de las Naciones Unidas (ONU) prevé que en los próximos diez años haya 13 millones de matrimonios infantiles más, de los cuales cuatro millones se producirán en los próximos dos años. Este número se sumaría a 12 millones de niñas que son obligadas a casarse anualmente.
Detrás de las mujeres que han sufrido violencia por el hecho de serlo, hay historias de supervivencia. Desde la Comisión Española de Ayuda al Refugiado (CEAR) piden que se impulsen políticas que mejoren la seguridad de las mujeres y niñas migrantes y refugiadas en tiempos de emergencia sanitaria.
Ana Ruth, superviviente de violencia machista
Ana, tras cinco años de matrimonio y diversas denuncias por malos tratos infructuosas, se separó legalmente de su esposo. “Su lema era que si no era para él, no era para nadie”, declaró la protagonista colombiana.
Tres meses después del divorcio, Ana recibió 14 machetazos alrededor del cuerpo y puso salvar su vida. “Él no iba tomado (bebido), ni fumado, estaba en plenas facultades. Lo hizo a sangre fría. Su única intención era matarme. Fue por puro machismo”.
La policía no detuvo a su expareja hasta que pasó un año, tiempo en el que Ruth tuvo que vivir escondida y, a su vez, trabajar para poder mantener a sus hijos. Su hija de 11 años y su hijo de 8 se tuvieron que quedar con sus sobrinas y hermanas, mientras Ana se recuperaba de las heridas y del trauma. “Lo más doloroso fue dejarles, tuve que hacerlo”.
Ana encontró ayuda en CEAR Alicante, ya que pidió ayuda en su país, “pero allá psicológicamente no tuve ese apoyo. Diría a otras mujeres que no se callen, que denuncien, porque muchas veces el mismo miedo te hace no denunciar”.
Kande, superviviente de la trata
Kande, marfileña y huérfana de padre desde los 15 años, al ser hija única y ante la imposibilidad de que su madre se hiciese cargo de ella, se trasladó a vivir con su tío, que comenzó a abusar de ella sexualmente. Se quedó embarazada y le obligaron a abortar. Este caso lo recuerdan especialmente desde el Área Jurídica de CEAR en Málaga, uno de los casos más complejos de trata de personas a los que se han enfrentado.
Para poder escapar de su situación, se dirigió a Burkina Faso donde había recibido una oferta de trabajo como ayudante de farmacia. Acabó encerrada en una casa con otras mujeres donde fue obligada a ejercer la prostitución durante más de un año. Finalmente, uno de sus clientes decidió ayudarla a escapar a Marruecos, desde donde cruzó la frontera y solicitó protección internacional en el año 2015.
“Durante todos estos años ha continuado recibiendo presiones y amenazas de la red de trata de la que fue víctima, incluso intentaron volver a captarla en Marruecos. Además, su madre, aún residente en Costa de Marfil, se ha convertido en blanco de estas amenazas”, relatan desde CEAR.
Kande ahora está logrando rehacer su vida en Málaga, donde trabaja como cocinera, ha sido madre y han obtenido, tanto ella como su hijo, el estatuto de refugiado.
Sainabou, supervivivente de la mutilación genital
Sainabou fue mutilada genitalmente cuando tenía solo 9 años. Años después, en 2017, tuvo que huir de Gambia cuando estaba embarazada de 8 meses porque tenía problemas con su familia: “no podía estar allí, salí para protegerme a mí y a mi hijo. Por eso vine a España”.
“Imagínate una niña con 9 años, 2 años o 2 semanas de vida y la mutilan para controlar su sexualidad, eso es violencia. Si fuera ahora, no lo hubiera aceptado. por eso tenemos que romper con la cultura del silencia y tenemos que luchar y seguir luchando para conocer nuestros derechos como mujeres y para sentirnos como mujeres”, denuncia.
En la actualidad vive con su hijo de tres años en Valencia, donde trata de rehacer su vida con la ayuda de CEAR y ha encontrado en la cocina una de sus grandes pasiones gracias a la iniciativa ‘Acoge un plato’.
“Nosotras somos mujeres, tenemos derecho a decidir o elegir con quién queremos casarnos, con quién queremos vivir. Tenemos derecho a la educación, tenemos derecho a tener nuestros negocios, tenemos derecho a tener nuestras propias casas, tenemos derecho a tener trabajo”, pide Sainabou a todas las mujeres que sufren algún tipo de violencia por ser mujer.
Aramita, superviviente de la violencia política
Aramita, venezolana, tenía un trabajo en un laboratorio farmacéutico que le permitía llevar una buena vida. En 2010 se cruzaron en su vida unos jóvenes manifestantes que hicieron que ella empezase a interesarse por lo que pasaba en Venezuela.
“Comencé a indagar y me di cuenta de que cada vez estábamos perdiendo más libertades. Me empecé a unir a grupos de resistencia que se oponían al régimen actual. primero eran manifestaciones pacíficas, pero en 2014 dos compañeros murieron en una manifestación y decidimos hacer acciones más fuertes. A la semana siguiente me entregaron a la policía. me torturaron, me detuvieron con el que era mi pareja en ese momento, me hicieron creer que lo habían matado y que yo iba a tener el mismo destino si no les entregaba a personas”, recuerda Aramita.
Finalmente su pareja la delató y la condenó a vivir un calvario. “Pasé dos años en prisión y seis meses en un psiquiátrico pensando que estaba muerto. Diez años de relación por unas cuantas monedas”.
Cuando salió de la cárcel, su familia y abogados, le obligaron a salir del país porque temían que la fueran a detener de nuevo. Su salud mental estaba deteriorada y cuando llegó a Madrid, donde tenía hermanas, recibió atención psicológica por parte de CEAR Madrid.
“Antes pensaba que todo lo que me había pasado me lo merecía, hasta lo que me hizo mi ex novio. Solo con el apoyo de profesionales me sentí que tenía valor de nuevo. Me hicieron reencontrarme como persona”, señala Araminta.
Ahora trabaja en un laboratorio farmacéutico en Pamplana, tras haber homologado su título. Poco a poco está recuperando la confianza en sí misma y en los demás. “Espero recuperar todo lo que me quitaron, y quién sabe, quizás algún día encontrar una pareja en la que poder confiar de nuevo”.
Las lecciones de vida de estas supervivientes pueden servir a muchas otras que están pasando actualmente por su situación.
Foto: archivo AmecoPress, cedidas por CEAR
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Autoría del logo: Diego Montalbo de la Osa
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Sociedad - Mujeres migrantes - Refugiadas - Las jóvenes - Derechos humanos - Mujeres del mundo - Violencia sexual - Trata - Maltratos. 26 nov. 20. AmecoPress

