Miércoles, 15 de agosto de 2018.

Entrevistas
Entrevista a Marisa Mediavilla

¿Dónde está el patrimonio documental de las mujeres?

La fundadora de la Biblioteca de Mujeres reflexiona sobre el pasado, presente y futuro de un proyecto que atesora la memoria histórica feminista en España

Cultura, Voces de mujeres, Cultura y arte, Libros, Historia, Escritoras, Mujeres creadoras, Feminismo, Movimiento feminista, Empoderamiento, Educación, Formación en género, Madrid, Martes 17 de julio de 2018, por Andrea Abreu López


Madrid, 17 jul. 18. AmecoPress.- Diez años después de la muerte de Franco, Felipe González firmaba el tratado de adhesión de España a la Comunidad Económica Europea. Diez años después de la muerte de Franco, nacía Cristiano Ronaldo y moría una de las biólogas más célebres de la historia, Dian Fossey –conocida por su labor conservacionista de los gorilas de las montañas Virunga (Ruanda)—. Diez años después de la muerte de Franco, en Televisión Española, se emitía por primera vez ’David el Gnomo’. Diez años después de la muerte de Franco, en 1985, entraba en vigor la ley de despenalización del aborto en España y Marisa Mediavilla Herreros —feminista, bibliotecaria y documentalista— fundaba uno de los proyectos de documentación más importantes en la historia del movimiento feminista español: La Biblioteca de Mujeres.

Con un fondo de unos 30.000 volúmenes, compuesto por todo tipo de publicaciones, La Biblioteca de Mujeres tiene una historia llena de idas y venidas —y de mucho trabajo y muchas colaboradoras, entre las que destaca la escritora Lola Robles— en la que siempre ha estado presente Mediavilla. Desde el principio, la Biblioteca forma parte de la Red de Bibliotecas y Centros de Documentación de Mujeres y, desde 2006, donó su fondo bibliográfico al Instituto de la Mujer, que se encarga de gestionarlo a través de su Centro de Documentación.

Hoy, a falta de un espacio propio, La Biblioteca de Mujeres está situada en el Museo del Traje (Madrid). En este momento de cambio político y social, su fundadora reflexiona sobre el pasado, presente y futuro de un proyecto que tiene como fin conservar la cultura y el saber elaborado por las mujeres en general, y especialmente en España; dar visibilidad a las aportaciones de las mujeres a la sociedad; constituir un lugar de encuentro e intercambio de saberes y experiencias; y reunir y conservar los materiales elaborados por los movimientos feministas.

Marisa, tú ya eras bibliotecaria antes de crear la Biblioteca de Mujeres, ¿qué fue lo que te hizo darte cuenta de que era necesario un proyecto como este?

Yo ya llevaba tiempo buscando libros y encontraba unas cosas que me asombraban, para bien quiero decir. En ese momento, yo formaba parte del grupo de feministas independientes en Barquillo 44 [espacio de referencia en el movimiento feminista madrileño]. Por aquel entonces debatíamos un tema cada año. El problema que teníamos era encontrar la documentación, porque había muy poca y cada vez que la buscábamos, con el paso del tiempo, se perdía. Eran cosas difíciles de localizar, que no estaban en las bibliotecas públicas, como artículos de prensa o cosas así.

Yo también llevaba ya tiempo comprando libros y llegó un momento en que me pareció una pérdida de tiempo tener esos libros para mí sola, porque tampoco me daba tiempo a leerlos. Entonces pensé que estaría muy bien empezar a montar una biblioteca especializada para poder, también, conservar lo que el movimiento feminista iba produciendo. Porque eran cosas que no se guardaban.

Todo eso junto con que me gustaba mi profesión, me hizo pensar que era el momento adecuado y, en ese momento, se me ocurrió. El fondo, mis libros, el principio o el origen, ya estaba. En mi grupo de feministas éramos tan independientes que casi desaparecimos de la agrupación y, con alguna que quedó, empecé a montar la biblioteca. Pocos meses después de empezar, apareció Lola Robles —filóloga y escritora— que continuó conmigo hasta el año 2001.

¿Qué diferencia a una Biblioteca de Mujeres de una biblioteca convencional?

En principio, lo que la diferencia es el contenido, nada más. Quiero decir: es una biblioteca especializada en el tema de mujeres. Ese tipo de documentación y de información puede estar en bibliotecas públicas, también. Pero como las bibliotecas públicas no son bibliotecas de conservación, pasado un tiempo, esos fondos desaparecen.

Cuando yo entré a trabajar en las bibliotecas públicas de Madrid, en 1975, había un montón de publicaciones nuevas, tanto de política como de sociales. Todo eso se compraba en las bibliotecas, incluido lo de mujeres. Cuando yo me jubilé, de esas publicaciones no quedaba nada ya. Porque, claro, imagina todo lo que se publica en España en un año y las paredes no se estiran. Si yo tengo que meter en una biblioteca pública 100 o 500 libros cada año, y ya tengo las estanterías cubiertas, hay que hacer lo que se llama expurgo.

¿Qué ha sido lo más complicado de todos estos años de trabajo en la Biblioteca?

Lo más complicado ha sido la falta de espacio. O sea, la cantidad de trabajo por falta de espacio. Además, después de empezar, nos tuvimos que constituir como asociación no lucrativa [en 1991] para poder recibir subvenciones y hacer actividades. Uno de los principales problemas ha sido… la falta de dinero. Pero bueno, como eso yo ya lo tenía claro porque no quería depender de ningún organismo público…

Si nos daban ayudas, bien. Pero si no dependía todo de nuestro esfuerzo. De mi esfuerzo, sobre todo, y de las que estábamos trabajando por la Biblioteca, porque por ella han pasado muchísimas colaboradoras.

¿Y por qué querían esa independencia?

Yo no la quería. La independencia ya estaba. Yo, en principio, monté la biblioteca por mi cuenta.

[La independencia se da] Porque así no hipotecas. Quiero decir, que si yo la monto con una subvención de la que depende la Biblioteca, en el momento en el que hay un cambio político o una crisis como en la que estamos… A lo mejor te dicen que tienes que cambiar la orientación.

Entonces, claro, tienes la ventaja de la independencia pero también tienes la desventaja de la pobreza, de la economía. Pero yo creo que es una ‘ventaja’ en el sentido de que no dependes de nadie a la hora de seguir creando.

Los objetivos han ido cambiando desde el principio, aunque la finalidad es la de una biblioteca. Pero a la hora de comprar fondos, ¿qué libros compras al tener poco dinero? Todo depende de las consultas que te hacen, de por dónde va la sociedad, también.

¿Tienes alguna esperanza de cambio con el nuevo gobierno?

La esperanza es lo último que se pierde.

A veces no entiendo por qué las mujeres no reclamamos una biblioteca especializada…

Había una colaboradora —que estuvo yendo muy poco tiempo-— que se quedó asombrada de las cajas que había con libros que han donado. Se quedaba asombrada de la ley del divorcio, que era solo de los 80. Con esto quiero decir que damos por sabidas y establecidas un montón de cosas, como el aborto, por ejemplo. Con Gallardón el abortó saltó atrás pero si no seguro que pensamos —las mujeres, sobre todo— que nos lo ha concedido el espíritu santo que baja en forma de gobierno masculino.

Entonces, todo eso tiene que estar en un sitio para que quien quiera —no solo las mujeres sino también los varones— sepa que hay un sitio donde consultarlo.

¿Crees que a corto o largo plazo van a conseguir un sitio propio de nuevo?

Yo espero que sí y tengo mucha confianza ahora con el cambio de gobierno. En fin, yo ya he solicitado una reunión a la nueva directora del Instituto de la Mujer porque yo, desde que doné la Biblioteca, me conozco a todas las directoras.

Si tuvieras que destacar algún elemento que hay en la biblioteca que te haya llamado la atención, ¿cuál sería?

Son tantos que no sabría… Pero, sobre todo, lo que a mí más me ha llamado la atención fue el descubrimiento de todas las mujeres del primer tercio del siglo XX.
Yo nací en 1945, o sea: en plena ignorancia. Yo me enteré a los 30 y tantos años de que Clara Campoamor había conseguido el voto en 1931. ¿Y quién era esa señora?

Creo que los planes de estudio tampoco han cambiado tanto, porque la gente que sale de la universidad ahora, salvo que hagan algún curso de género o intenten enterarse por su propia cuenta —lo mismo que yo hice cuando me enteré de que hasta 1910 teníamos prohibido entrar en la universidad— no les llega esa información.

Hay libros que tendrían que estar en la educación secundaria como manual de texto y, después, en la universidad. Hay que explicar que a las mujeres se nos prohibía estudiar en la universidad hasta ese año… Después se nos permitió estudiar pero nos dejaban con el título y nos prohibían ejercer. Podías estudiar medicina pero no podías ejercer medicina. Podías estudiar derecho pero no podías ejercer. Tuvo que pasar otro tiempo para que se permitiera el ejercicio de la profesión.

¿Qué consecuencia crees que tiene en la actualidad que hayamos perdido esa memoria histórica?

Yo creo que algo muy importante y que tengo tan asumido —yo y la mayoría— es la falta de empoderamiento.

Porque nosotras no somos nadie, no hemos hecho nada, todo nos lo han dado ellos... El voto nos lo regalaron ellos en la República (irónica). Este ‘no ser nadie’ es lo que no nos permite hablar, contar. Y, si lo hacemos, vamos siempre como pidiendo perdón. Sobre todo, yo creo que es la falta de atrevimiento o de empoderamiento —aunque no me gusta esa palabra, pero es una realidad—.

Yo creo que ese desconocimiento lleva consigo lo otro: la asunción de todo lo que nos han impuesto ellos. Es decir, que nuestra función hasta hace poco era casarnos y tener hijos y todavía, en muchos casos, lo sigue siendo. El desconocimiento de nuestra propia historia conlleva cargar con todos esos lastres.

Además, para las Bibliotecas de la Administración General del Estado hay una normativa que recoge como una de las funciones principales la conservación del patrimonio documental. Y, ¿dónde está nuestro patrimonio documental?

Para finalizar, ¿qué es lo que te ha hecho más feliz del proyecto de la Biblioteca de Mujeres?

Pues… no me había para a pensarlo. Creo que lo que me ha hecho más ‘feliz’ (aunque ’feliz’ es una palabra que…) es el aprendizaje continuo. Que me ha permitido ir descubriendo la vida y la historia de las mujeres.

Lo que más echo de menos en la Biblioteca es la consulta, tenerla abierta. Eso es lo que más me gustaba: el intercambio continuo. Porque venían a buscar algo de lo que tú no tenías ni idea y entonces decías: ‘Bueno, ¿y eso qué es?’ . [Con las consultas] Ese conocimiento que tú tienes lo traspasas.

Para mí, una de las principales razones de existir que tiene la Biblioteca de Mujeres es la de intercambiar.

Foto: Archivo AmecoPress.
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