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Buscarita Roa, abuela de la Plaza de Mayo: “Hasta que terminen nuestras vidas, seguiré buscando”

Internacional, Derechos humanos, San José-Costa Rica, Lunes 10 de noviembre de 2008, por Soledad Jarquín Edgar


Buscarita Roa afirma que las dictaduras provocan, entre otras muchas acciones malas, que las personas se queden sin voz, sólo se obedece… a nosotras no nos importó lo que la dictadura impuso, fuimos desobedientes.

Buscarita Roa es la abuela más joven de las Abuelas de la Plaza de Mayo y su nieta, Claudia Poblete, fue la primera “nietita” que declaró en una corte civil, por lo que sus apropiadores, el coronel Zeferino Landa y Mercedes Beatriz Moreira, fueron castigados por habérsela robado durante la dictadura argentina iniciada en 1976 y que concluyó siete años nueve meses después.

Las abuelas de la Plaza de Mayo tienen 31 años en esta “pelea” en Argentina, antes le había tocado vivir la otra dictadura en Chile, su país natal, de donde salió siguiendo a José Poblete, su hijo, “un chico entusiasta” que debido a un accidente de tren se quedó sin piernas cuando tenía 16 años.

José no detuvo su marcha. Él se convirtió en una locomotora humana. Tan pronto salió del hospital hizo todo, hasta que fue posible en Chile la ley para personas con discapacidad, muchos años antes que en otros países. Viajó a Argentina para buscar unas piernas ortopédicas y fue así que su fuerza transformadora lo llevó junto a su pareja Gertrudis Laxic a convertirse en una de las víctimas de la dictadura de Jorge Rafael Videla.

Poco más de tres décadas después, Buscarita Roa y otras madres y abuelas argentinas siguen buscando a sus hijas, hijos, nietas y nietos, “no sólo en Argentina, hemos ido a todo el mundo”, dice la joven abuela de más de 70 años, cuya presencia, voz y actitud frente a la vida iluminan todos los espacios donde se siguen planteando los crímenes de lesa humanidad vividos en Argentina.

Que no se vuelva a repetir

Lo más importante es que nada de esto se vuelva a repetir. La dictadura de Argentina ha sido la más cruel de todas y la única capaz de desaparecer hasta la niñez, la única capaz de apropiarse, de robarse a las niñas y niñas de nuestros chicos, cuenta esta abuela a quien la tristeza le enseñó entereza, aplomo y valor, como ella misma describe y “no me dobló, aunque haya pasado por tanto dolor”.

Su caminar de pasos cortos por las calles pero de prisa, siempre aprisa, con un bolso colgado al brazo, donde guarda toallitas con las que limpia un lagrimal que insiste en molestarle el ojo derecho, Buscarita Roa lleva su voz y dice que no deja de admirarse de la lucha de otras mujeres del mundo por los derechos humanos, sus propios derechos.

Con la lucha de 31 años, Buscarita Roa piensa y sostiene que la lección de las Madres y Abuelas de la Plaza de Mayo es el camino hecho por los derechos humanos, para que “nada vuelva a repetirse” y luego asienta que aunque ahora las Abuelas son menos, “las que quedamos podamos encontrar a nuestras nietas y nietos antes de que se muera la última”, porque “hasta que terminen nuestras vidas, seguiremos luchando, buscando”.

En entrevista realizada en San José, Costa Rica, con Cimacnoticias, la Abuela de la Plaza de Mayo, una de las 35 que aún sobreviven a la desaparición de sus familiares, relata que han sido la edad y las enfermedades el impedimento para seguir dando la vuelta a la pirámide en la Plaza de Mayo, en Argentina, decisión que tomaron desde antes del 24 de marzo del año pasado, pero en esa fecha “no fallamos, ahí estamos pocas, pero estamos y con nosotras van nuestras familias y el pueblo argentino comprometido”.

Las nietas recuperadas

De las 500 nietas y nietos desaparecidos, dados en adopción o apropiados ilegalmente por integrantes de la milicia argentina, las Abuelas han recuperado 95, relata y vuelve al pasado, cuando apenas unas cuantas madres se juntaron en un banco de la Plaza de Mayo para ver qué hacían para localizar a sus familiares desaparecidos.

Ahí estaban, solas, cuando la policía les indicó que no era posible una reunión de más de tres personas, que tenían que caminar y empezaron a dar vueltas y vueltas, luego fueron más, después se pusieron los pañuelos en la cabeza (inicialmente pañales de sus hijos que entonces eran adolescentes y jóvenes), después llevaron las fotografías, siempre estaban “inventando qué hacer y dónde buscar”.

“Ellos (los policías y militares) pensaron: déjenlas que hagan lo que quieran, ya se van a cansar, pero nunca nos cansamos, seguimos buscando y seguiremos buscando hasta el fin de nuestros días”.

En aquel entonces los diarios locales hablaban tímidamente de lo sucedido, “apenas unas notitas”, fue la prensa extranjera de Suiza, Canadá, Francia o Roma, quien las hizo visibles y al mismo tiempo les daban copias de las entrevistas grabadas para la TV, nosotras los guardamos celosamente, después esas grabaciones sirvieron de testimonios ante las cortes de justicia.

Buscarita Roa afirma que la mayor virtud ha sido su paciencia. En la actualidad, cuando encuentran una nieta o un nieto hay que darle tiempo, después de la vorágine del reencuentro, después de uno o dos años, están más o menos en condiciones para ir a la casa de las abuelas y recibir el archivo biográfico, es decir, una recopilación de testimonios de hombres y mujeres que conocieron a sus padres y madres biológicos, además de lo que puede decir la familia. Una de las tantas “cosas que inventamos las abuelas”.

Para encontrar, las abuelas y madres tocaron muchas puertas. La primera puerta internacional que tocaron fue solicitando la ayuda al Papa de la Iglesia Católica, “sí, las recibe, las atienden bien, las escucha, pero mucho no hizo, porque la iglesia fue muy cómplice en Argentina. Siguieron la OEA en Washington, los servicios internacionales en Suecia”.

Banco nacional genético

Las abuelas “hicimos desde lo precario hasta lo científico”, como contratarse para vender libros o emplearse de mucamas en las casas donde sabíamos había niñas y niños adoptadas para ver si las reconocíamos o hasta contactar a un científico genetista en Washington que para entonces estaba trabajando el ADN, se hacen algunas pruebas y se instala un banco nacional genético en el Hospital Durán, Buenos Aires, y otro en la capital estadounidense. Ahí estará la sangre guardada hasta el 2050 o sea si nuestros nietos o nietas a los 70 años deciden hacerse la prueba de identidad podrán hacerlo.

Legalmente, estas abuelas han ganado otras peleas para encontrar a sus familiares. Uno de ellos fue el allanamiento domiciliario, porque algunos jóvenes no quieren hacerse la prueba de ADN, pues han sido criados en esas familias y temen por los que creen que han sido sus padres. Sin embargo, esta ley permite entrar a sus domicilios, tomar los cepillos de dientes, una prenda íntima o un peine. Esta medida permitió que en este último año encontráramos cuatro nietas y nietos más.

Cuando conocen la verdad, ellas y ellos reaccionan de distintas manera, pues como ellas y ellos dicen, pierden dos veces a sus padres. Una cuando se dan cuenta que quienes les dijeron que eran su familia no lo era y otra cuando se dan cuenta que su verdadera madre y padre fueron asesinados. Entonces les damos tiempo.

En 2001, se derogaron las leyes de Punto final y la Obediencia de Vida, sin embargo, con el caso de José Poblete, Buscarita Rosa llevó a juicio a Zeferino Landa y esposa por apropiarse ilegalmente durante 22 años de su nieta.

Con emoción Buscarita Roa cuenta que Claudia Poblete, su nieta, fue la primera en declarar en un juzgado con su nombre biológico. Cuando el juez le preguntó su nombre, ella respondió “Claudia Victoria Poblete Laxic, luego dijo el nombre de su papá y de su mamá. Al escuchar esto, el abogado de los Landa se paró y se marchó, ya no había nada más que decir”. El caso marcó jurisprudencia y desde ese día todas las personas que cometieron crímenes de lesa humanidad podrían ser castigadas.

“Sabíamos que estaban vivos”

Sin embargo, reitera Buscarita Roa que lo vivido durante la dictadura en Argentina ha sido duro. Hay abuelas que perdieron cuatro integrantes de su familia, otras tres, otras dos y hay alguna a las que les desaparecieron nueve.

“Eran jóvenes llenos de sueños, los buscamos en todos los hospitales, cárceles y hasta en hospicios para enfermos mentales, pero nada, nunca volvieron a cruzar nuestras puertas, los habían asesinado sin duda, era como si la tierra se los hubiera tragado. Sabíamos que los nietos y nietas estaban vivos, algunos ya nacidos desaparecidos durante el arresto de sus padres y madres, otros que nacieron en las cárceles clandestinas, donde incluso se instalaron maternidades, a ellos los seguiremos buscando hasta el final de nuestros días”.

Fue un plan sistemático terrorífico, el único país que desapareció niñas y niños durante la dictadura, afirma con certeza en sus palabras Buscarita Roa, quien ve ironía en su nombre, el cual no sabe de dónde le vino pues no tuvo tiempo de preguntar qué significaba al quedar huérfana a los cuatro años de vida.

Buscarita es un dulce personaje pese a las amarguras vividas. No se apropió de ellas, éstas le sirvieron para amalgamar una fuerza extraña, visible a sus 70 años y 31 de buscar y buscar, porque no encuentra a la nieta y se va a casa, sigue solidaria pegada a las que aún no hallan a sus seres queridos.

Las Abuelas de la Plaza de Mayo no buscaban guerras, buscaban paz. Su manta de fotografías de mujeres y hombres jóvenes que ahora tendrían unos 50 años de vida en promedio eran su arma secreta. Alguna vez llegaron a gritar, porque nunca dejaron de tener voz pese a la dictadura.

“Milicos, hijos de puta, que es lo que han hecho con nuestros desaparecidas, la deuda externa, la corrupción, es la peor mierda que han dejado a la nación”, recuerda Buscarita Roa entre las consignas “más fuertes” expresadas y luego se ríe como si hubiera hecho una gran travesura.

Nunca llevaron palos ni armas, lo más que llegaron hacer fue ponerle canicas al piso lo que provocaba que los caballos de la policía montada resbalaran sin atinar, cuenta y vuelve a reír la asombrosa abuela más joven de la Plaza de Mayo, que paradójicamente, no deja de expresar su admiración por las mujeres del mundo que siguen luchando por los derechos humanos.

Algún día todo ha de cambiar, advierte la señora Buscarita Roa, quien no puede callar y pregunta, no puede callar, toca y pregunta…


Fotos: Abuelas.org

Internacional-Derechos humanos; 10 noviembre (08) AmecoPress/Cimac




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