Jueves, 30 de marzo de 2017.

Reportajes

Madrid, 18 oct. 16. AmecoPress. Durante el verano que acabamos de dejar, la vestimenta de las musulmanas ha vuelto a estar de actualidad. En varias ciudades costeras francesas prohibieron el uso del burkini –nombre bastante desafortunado-, un bañador de cuerpo entero con un gorrito. Rápidamente el prohibicionismo alzó su voz. También se sucedieron las reacciones. Y en definitiva, el acontecimiento desembocó en un análisis un tanto superficial y sobre dimensionado por los medios de comunicación. Además, la discusión sobre el burkini ha hecho reaparecer también al pañuelo y al niqab, por cierto, de un modo confuso. En definitiva, no es fácil abordar un fenómeno que toca diversas realidades y hace intersección con sustratos profundos.

Para gran parte de las personas que han aparecido en los medios de comunicación defendiendo la prohibición, el burkini representa la opresión sexista y las mujeres que lo portan, la vanguardia del Islam y el oscurantismo fundamentalista. El prohibicionismo sostiene que esas vestimentas son símbolos que atentan contra la autonomía de las mujeres, contra la igualdad de géneros y que las mujeres lo llevan contra su voluntad, incluso las que dicen hacerlo voluntariamente. Siguiendo esta línea de argumentación, estas mujeres necesitan ser “liberadas”.

No se pueden defender los derechos de las mujeres prohibiendo libertades

Entre los argumentos de prohibición también se han incluido temas tan confusos como la seguridad y la lucha contra el terrorismo, la defensa y el respeto de los valores de nuestra cultura europea. “La prohibición se disfraza de razones sin fundamento”, dice Safira Cantos, directora de Amnistía Internacional Madrid, “pero la prohibición ni está justificada, ni responde a una necesidad real”. Amnistía sostiene que “no se pueden defender los derechos de las mujeres prohibiendo libertades”.

“La prohibición no lleva a resolver ningún asunto, ni siquiera a gestionar la implantación del Islam político más radical que es el miedo que tenemos en Europa. Es una manera de enfocar que separa más a una comunidad que ha sido estigmatizada desde hace décadas y contribuye a generar más tensión” opina Cecilia Eseverri Mayer, profesora que examina el papel de las redes sociales y étnicas en dos banlieues de Paris y dos barrios periféricos de Madrid.

“Controlar el cuerpo de las mujeres, imponiendo o restringiendo el uso de determinadas prendas, nunca puede ser el enfoque adecuado para afrontar ningún tema. En ningún caso se debe legislar sobre los cuerpos de las mujeres. Este tipo de reacciones hay que analizarlas en el contexto de islamofobia en el que nos encontramos en la actualidad que, además, tiene en el cuerpo de las mujeres uno de sus principales campos de batalla”, afirma Laura Mijares, profesora del Departamento de Estudios Árabes e Islámicos de la Universidad Complutense de Madrid.

Frente a quienes abogan por la prohibición, están aquellas voces que defienden que podemos y debemos legislar contra la obligatoriedad y a favor de la libertad de elegir de todas las mujeres y que tenemos que proteger a aquellas que eligen en contra de lo establecido. “Proteger la libertad incluye proteger la de quienes hacen cosas que no compartimos, que no nos gustan o que, incluso, hacen cosas en contra de lo que creemos que son sus verdaderos intereses”.

Una de las consecuencias de la simplificación y tergiversación que se ha hecho de la temática del uso del burkini en las playas francesas, o del pañuelo en una escuela valenciana o un autobús catalán, es la homogenización de las mujeres musulmanas, de los contextos donde se desarrollan sus vidas y de las formas de enfrentarse a las violencias. Es una forma de deshumanizarlas. Las musulmanas dejan de ser personas para convertirse en objetos de análisis, de legislación, de debate en las redes y de opinión.

No es lo mismo usar burkini en Francia que en Arabia Saudí. Para sorpresa de algunas personas, la diseñadora del ’burkini’, Aheda Zanetti, opina: “He recibido mensajes de gente que se sentía ofendida porque yo había inventado el burkini y lo consideran una forma de oprimir a la mujer. ¡Incluso refieren motivos de seguridad! Como si fuésemos a esconder bombas bajo los burkinis. Yo creo que es al contrario, creo que he ayudado a muchas mujeres. Lo otro también es una imposición occidental: ¿las obligamos a llevar bikini?, ¿les negamos que vayan a la playa? Llevar velo o llevar burkini siempre, por supuesto, debe ser una decisión personal, y cuando no lo es se convierte en una opresión, y no estoy de acuerdo con eso. Pero hay que tener en cuenta que muchas mujeres lo llevan porque quieren y son felices”.

Un conflicto construido y sobredimensionado

“No tengo duda de que la prohibición del burkini en playas y piscinas europeas es un ejercicio de machismo y de racismo, aunque también piense que es despreciable la obligatoriedad de su uso. Prohibir un bañador que tape el cuerpo o un pañuelo que cubra el pelo, si no se prohíben a su vez otras prendas similares tanto en hombres como en mujeres, como gorras, o trajes de neopreno, es racismo. ¿Por qué no les prohíben a las monjas o a los curas ir con el hábito?”, opina Cristina P. Fraga, portavoz de la Asociación Española de Mujeres Profesionales de los Medios de Comunicación –AMECO-. “Es la islamofobia lo que explica la dimensión que le han dado a la noticia los medios de comunicación”.

La profesora Eseverri, que forma parte del Grupo de Estudios sobre Migraciones Internacionales –GEMI-, argumenta que especialmente en el caso de España no hay ningún conflicto. “Las comunidades musulmanas no nos dan ningún problema a los españoles, es una comunidad muy abierta, muy cercana a los españoles culturalmente. El paisaje que dibujan los medios de comunicación –fracturado, de amenaza, de tensión- no coincide con la realidad. Una cosa es el discurso político, desconectado de la realidad social y que obedece a sus intereses, y lo que sucede en la comunidad social”, afirma.

Laura refuerza esta opinión: “Se trata de un conflicto precisamente porque así ha sido construido, tanto desde los medios de comunicación, como desde otros espacios. Su magnitud, por tanto, depende también del cariz que los medios le otorgan”. La profesora reclama que “lo que habría que preguntarse es por qué países formalmente democráticos como los europeos tienen impunidad para ejercer todo tipo de violencias sobre mujeres a las que se considera ciudadanas no legítimas”.

Laure Rodríguez Quiroga se reconoció musulmana a los 28 años de edad. Defiende que no existe fundamento en los textos sagrados para justificar la opresión hacia las mujeres. Realizó un estudio sobre la construcción de roles a través de los medios de comunicación. “El 99% de las noticias versa sobre la vestimenta de la mujer, el resto sobre su opresión. Nunca sale nada positivo de las mujeres, como si fuésemos víctimas sistematizadas. No vamos a negar que es parte de una realidad, pero existimos mujeres empresarias, académicas... No se nos debe circunscribir a víctimas, porque eso lapida nuestras posibilidades de futuro”.

La islamofobia tiene en el cuerpo de las mujeres uno de sus principales campos de batalla

Es sospechoso que de repente la preocupación por los derechos de las mujeres sea tan grande en el seno de una sociedad caracterizada por tibias respuestas frente a la violencia machista y que –no olvidemos que son mujeres de otra cultura- no apoya precisamente a la comunidad inmigrante, sino que abandona a su suerte a las mujeres que piden asilo como víctimas de trata o a las que viven hacinadas en los campamentos para personas refugiadas, y que con sus políticas de cierre de fronteras ha convertido el Mediterráneo en una enorme fosa común.

Efectivamente, aunque tras la decisión de usar pañuelo o burkini pueda haber razones religiosas y culturales atravesadas por el sexismo y el patriarcado, también lo están muchas de las decisiones y situaciones que cualquiera de las mujeres europeas vive diariamente sin que seamos recriminadas por ello, sin que ninguno de esos que se ha preocupado tanto por la libertad de las musulmanas mueva un dedo para ayudar a las europeas. Y es que en este caso, el del burkini, el del velo, al sexismo se le ha sumado la islamofobia.

“No solo es una muestra más de islamofobia, sino que uno de los ejes centrales de la islamofobia es la lucha contra la dominación patriarcal que supuestamente sufren en mayor medida las mujeres musulmanas. La islamofobia de género es determinante para la islamofobia porque esta se construye alrededor de una cuestión que se considera innegable, que hay que ayudar a liberar a las mujeres musulmanas pues todas están oprimidas” afirma con rotundidad Laura.

Urge una reflexión en profundidad

Sorprende especialmente que un tema tan complejo genere reacciones tan simplistas como las que hemos visto. “No hay una reflexión, no se pregunta nada a los académicos, de lo que es la identidad cultural, ni hay un debate en profundidad que revierta en las normas y en la política. Si hay tanto miedo no se entiende por qué no se hace un debate de fondo y una pedagogía. Caemos siempre en el victimismo hacia las comunidades musulmanas que sufren la islamofobia o en el miedo. Tiene que haber un debate en profundidad en el que también participen las comunidades musulmanas, reconozcan su parte en el conflicto y se incluyan en las soluciones”.

No se trata de respaldar el relativismo cultural. También sería ingenuo e incluso soberbio pensar que frente a la hostilidad que experimentan las mujeres de origen musulmán que viven en Europa, no haya reacción ni forma de expresión por su parte. “No es lo mismo una mujer que se pone el pañuelo en Arabia Saudí, que una chica de 19 años que se pone el pañuelo en España porque quiere mostrar su identidad”, explica Cecilia. “En Europa ponerse el pañuelo se ha convertido en un signo de libertad. Es complejo el papel de la mujer musulmana como es complejo el papel de la mujer en Europa. Hoy en día la mayoría de los movimientos sociales y políticos de la juventud de origen magrebí reivindica el uso del pañuelo o lo defiende como un derecho. Antes no era así. Ha habido un rechazo tan grande, que las nuevas generaciones quieren afirmarse de ese modo”.

Mijares matiza: “Parece deducirse que esa supuesta reafirmación de las costumbres de las mujeres musulmanas es un capricho o una manifestación de su intolerancia. Por el contrario, creo absolutamente necesario que comprendamos que expresar en el espacio público una creencia religiosa determinada, mediante el hiyab o cualquier otro método, es simplemente un derecho legítimo”.

Este punto de vista sigue recibiendo la oposición de grupos como la asociación de mujeres juristas Themis. "Tras años de lucha para ganar libertades y derechos para las mujeres en nuestro país, no podemos retroceder. Entendemos que el uso del hiyab conlleva eso, un paso atrás, y que las mujeres que lo utilizan lo hacen de forma impuesta y no por propia voluntad", explica una portavoz de la asociación. También redunda en este enfoque la Federación de Mujeres Progresistas, quienes aseguran que el hiyab es "una forma de hacer visible la discriminación de la mujer". "Muchas dicen que es voluntario y que lo visten libremente, pero es una falsa libertad. No es sencillo determinar que algo es voluntario cuando no hacerlo supone un riesgo de aceptación por parte de su comunidad. La posible sanción social es una forma de presión”.

¿No es significativo que en unos países se prohíba a las mujeres llevar unas determinadas prendas y en otros desnudarse?

En países como el nuestro no existen leyes que obliguen a las mujeres a usar tacones o incómodos pantalones cortos que están de moda esa temporada o a depilarse, pero es indudable el peso de las costumbres y la normativa social. ¿Tienen mucho en común las mujeres que se ponen tacones y las que eligen usar burkini, o pañuelo, y dicen hacerlo libremente? ¿No es significativo que en unos países se prohíba a las mujeres llevar unas determinadas prendas y en otros desnudarse?

“Si una mujer fuera con zapatos planos a recoger un Goya o a una boda real sería noticia”, dice Cristina P. Fraga para ilustrar la fuerza de las normas “no escritas” que influyen en las decisiones de las mujeres de nuestro país. “Somos todos objetos de una dominación, de una educación y de una cultura, pero lo fundamental es el respeto a las libertades”, apunta Cecilia. “Lo cierto es que el cuerpo de la mujer está siempre en el centro de las prohibiciones. El sistema patriarcal está presente en todas las culturas. Siempre somos las mujeres el objeto de dominación. Por ello creo que somos nosotras quienes debemos tomar la palabra”.

Para Laura Mijares sin duda es significativo que los cuerpos de las mujeres sean siempre los principales objetos de legislaciones y violencias. “Es importante tener esta cuestión en cuenta, al tiempo que hay que ser muy conscientes de todas las especificidades. Es decir, mientras en la Francia actual, así como en otros países europeos, cubrirse el cabello y el rostro se ha convertido para muchas mujeres en un acto de activismo político, en otros países el activismo de las mujeres musulmanas tiene otras dimensiones”, explica. “Las caras de la violencia patriarcal son diferentes y, por ello, lo son también las maneras de luchar contra el mismo”, concluye.

Foto: archivo AmecoPress, tomadas de facebook;
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UE – Sociedad – Mujeres del mundo – Derechos humanos – Mujeres inmigrantes – Debates; 18 octubre. 16. AmecoPress




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