Domingo, 25 de junio de 2017.

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“Los matriarcados que subsisten en algunos lugares del planeta son modelos de convivencia”

Anna Boyé ha viajado y vivido en tres comunidades diferentes y lo explica con sus fotografías y desde la cercanía

Autonomías, Cultura y arte, Barcelona, Martes 11 de marzo de 2008, por Julia López


Desde que la fotógrafa Anna Boyé organizó o su primera exposición sobre “Matriarcados” hace más de 2 años,  ha recorrido diferentes lugares y ha realizado multitud de charlas explicando su propia experiencia y aportando los datos de la investigación realizada. Se sintió tan fascinada por este tema que ahora esta estudiando antropología y preparando para el año próximo un nuevo viaje para visitar otros tres matriarcados.

La última charla la dio ayer en la Biblioteca Francisca Bonnemaison, dentro del ciclo sobre “Matriarcados” organizado por el centro. El domingo clausuró la exposición del mismo nombre que estuvo en Santa Coloma de Cervelló durante la semana del 8 de marzo. “Lo que más me gusta de estas charlas, en las que dispongo de suficiente tiempo y me puedo apoyar en diapositivas, es la reacción de la gente. Parece que se sienten tan entusiasmados de oírme como yo de explicarme. Me comentan, tanto personalmente como por correo electrónico, que se han quedado impactados porque les he contado las cosas con gran naturalidad, como de tu a tu. Y es que lo que cuento es algo muy vivido, una experiencia que ha representado un antes y después en mi trabajo y en mi vida”.

Tres son los matriarcados en los que ha trabajado Anna Boyé, fotoperiodista independiente que se dedica al reportaje de investigación y que ha publicado la mayoría de sus  trabajos en el ‘magazine’ de La Vanguardia: ‘La isla de las mujeres’ en el archipiélago de las Bijagós, frente a la costa de Guinea Bissau; las ‘Mosuo’ al sur China, cerca del lago Lugu de 2.700 de altura  las montañas de la región de Yunnan y las poderosas mujeres de ‘Juchitan’ al sur de México.

Anna Boyé quiere acabar antropología y está haciendo trabajos de investigación, porque quiere dedicarse en un futuro a trabajar para estudiar este tipo de sociedades matriarcales, que se ha demostrado que aunque algunos expertos malintencionados defiendan un juicio maniqueo, “los matriarcados no se oponen ni se han opuesto nunca al patriarcado- explica - No se trata de que las mujeres opriman a los hombres, sino de un tipo de sociedades más justas organizadas de otra manera”.

Tal como lo comenta  en el libro de fotografías y textos que le publicó el Ayuntamiento de Barcelona, y que aún se reparte en la gira de exposiciones y charlas, ella no se considera experta y no quiere entrar en polémicas estériles, por eso empieza explicando: “Hubo un tiempo en que la sociedad estaba organizada en grupos matriarcales. Los antropólogos todavía discuten sobre el tema. En cualquier caso, después de milenios de dominio patriarcal, han llegado hasta nosotros vestigios de aquel pasado. ‘Matriarcados’ es una exploración personal por algunas de estas comunidades en que las mujeres mandan, organizan el trabajo y disponen el cumplimiento de la ley. Su sabiduría es respetada por todos y son admiradas por la valentía que muestran a la hora de tomar decisiones. Con ellas, los hombres se sienten seguros y protegidos. Es como si estos colectivos hubiesen sobrevivido para pasar el testigo a una sociedad moderna que ha situado de nuevo a la mujer en el centro de la vida”.

De la isla de las mujeres a la comunidad del amor

Anna Boyé llegó a los “matriarcados” casi por casualidad. Pasó muchos años investigando sobre “Mujeres y Religión” y viajó por todo el mundo. Alguien le comentó que aún existían lugares matriarcales como la isla Orango Grande, en el archipiélago de las Bijagós, frente a la costa de Guinea Bissau, una tierra donde las mujeres mantienen el poder, donde se organizan en asociaciones que gestionan la economía, el bienestar social y la ley. Son ellas las que imponen sanciones, dirigen, aconsejan, distribuyen y se las respeta como dueñas absolutas de la casa y de la tierra. Sólo se recurre a los hombres para el barbecho de los campos, la caza del mono y la pesca.

La fotógrafa organizó sus viajes con muchísimo cuidado e ilusión. No fue nada fácil ni cómodo porque siempre viajo en solitario, y algunos de los lugares visitados eran de muy difícil acceso. Aterrizó en Guinea Bisau, cogió un bote y durante siete horas penetró mar adentro hasta llegar al archipiélago de las Bijagós. “La acogida fue increíble, durante casi un mes fui una más, y las sacerdotisas me dieron permiso para fotografiar todo lo que quería y pude hablar con la gente. Viví con una familia en una choza de madera en la selva. Ellas no entendían que otras sociedades se pudieran organizar de manera diferente a su comunidad, porque allí son felices y nadie quieren irse”.  

Las islas de las Bijagós son Reserva de la Biosfera. Anna nos cuenta: “Es esplendoroso, con palmeras altísimas. Un verdadero paraíso. En la isla de Orango Grande todo es peligroso, el mar, las rayas, las serpientes mortales”. Sin embargo, ella se preguntaba si los hombres estaban conformes y explica que cuando les preguntaba si se sentían bien y si no preferían mandar ellos, les contestaban con gran naturalidad: “ellas saben más, lo organizan todo mejor, y nosotros hacemos mejor otras cosas”

Boyé también alcanzó las montañas de la región de Yunnan, al sur de la China. Se acercó al lago Lugu de 2.700 metros. Un lugar en donde habitan varias etnias que no tiene nada que ver con el resto del país. Entre ellas se hallan los mosuo, que se organizan en clanes de mujeres donde el mando lo dirige una matriarca o “davu”. Las mosuo invitaron a la fotoperiodista catalana a convivir con ellas durante varias semanas. En esta sociedad tener una niña es un privilegio. Las mujeres administran los bienes, ordenan el trabajo y son las que toman la iniciativa en el amor. No existe la figura del marido. Ellas son las que eligen a sus amantes. Pueden tener un compañero durante años pero los niños se crían en el clan materno educados por los tíos. Anna asegura que es una sociedad pacifica, en donde no existen los celos ni el rencor. Nos confesó que una de las mujeres quiso adoptarla y se encontraba tan bien entre ellas, “que si no tuviera marido e hijo me hubiera quedado a vivir allí mucho más tiempo”.

A las poderosas mujeres de Juchitán, al sur de México, en el istmo de Tehuantepec, las localizo Boyé gracias a una amiga mexicana que le comentó que el departamento de salud estaba admirado de que allí los indicativos de salud eran increíblemente altos, y cuando visitó el lugar pudo comprobar que los niños se criaban sanos y la gente parecía sana y feliz. En el Juchitán se mantiene un antiguo matriarcado que ha tenido que pactar y convivir con el patriarcado dominante. “Sin embargo, los negocios y el comercio están en manos de las mujeres. Es la asamblea de indias zapotecas, la que controla la vida económica de la ciudad. Poseen costosos trajes artesanales y joyas de oro que heredan de madres a hijas. Son reconocidas en todo México por su inteligencia, valentía, habilidad y audacia. Aquí, los hombres apenas se notan”.

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Fotos: cedidas por Anna Boyé

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Autonomías – Cultura y arte – 11 marzo, 08 (AmecoPress)

 




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